blog's article picture : two beds

Era durante la guerra, en una pequeña ciudad del norte.
Como tantas veces, mis padres, mi hermana y yo habíamos ido a visitar a nuestras primas, al otro extremo de la ciudad. Aquellas veladas a veces terminaban con una noche allí mismo: se improvisaban camas, sofás desplegados entre las dos camas de las primas. Tenía algo de aventura, un aire de calma y de charla suave, a pesar del rumor lejano de los tiempos.

Pero aquella noche, mi hermana no quería quedarse. Imposible convencerla. Mi padre, algo cansado, zanjó:
—O os quedáis las dos, o volvéis las dos.
Me resigné. Así que emprendimos de nuevo el camino a casa, todos juntos, en la noche.

El azar, a veces travieso, a veces cruel, decidió que aquella obstinación nos salvaría la vida.
En mitad de la noche, una de nuestras primas se despertó por un estruendo sordo. Pensó al principio que era una tormenta. Al inclinarse para buscar sus zapatillas, justo en el espacio donde nosotras deberíamos haber dormido, el trueno se transformó en explosión. Una bomba sacudió la casa: el barrio acababa de ser bombardeado. Un fragmento atravesó el techo y la alcanzó en la nuca, en el mismo instante en que se inclinaba.

Ese espacio vacío, aquel donde habríamos estado, fue atravesado por la muerte.
Nosotras dormíamos tranquilamente, al otro lado de la ciudad.
Y la vida, sencillamente, siguió su curso.

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